
Por Salvador Holguín, diciendo lo que otros callan.
Durante años la República Dominicana ha enfrentado un desafío histórico: garantizar que ningún dominicano se acueste sin haber llevado un plato de comida a su mesa. Ese ha sido uno de los grandes retos de todos los gobiernos y una de las principales preocupaciones de cualquier sociedad que aspire al verdadero desarrollo.
Hoy, la pregunta obligada es: ¿El reconocimiento de la FAO de que la República Dominicana salió del mapa del hambre responde simplemente a una estadística internacional o es el resultado de una política pública acertada en materia de seguridad alimentaria y desarrollo agropecuario impulsada por el Gobierno del presidente Luis Abinader?.
A decir verdad, el más reciente informe correspondiente al año 2026 de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), coloca a la República Dominicana entre los primeros cinco países de América Latina y el Caribe que, bajo la metodología actual del informe SOFI, lograron reducir la prevalencia de la subalimentación por debajo del umbral internacional del 2.5% junto a Brasil, Costa Rica, Uruguay y Guyana, nuestro país pasa a formar parte de un selecto grupo de naciones que alcanzaron ese importante indicador, lo que llevó al organismo internacional a reconocer que la República Dominicana salió oficialmente del denominado “mapa del hambre”.
No se trata de un reconocimiento cualquiera. Es, sin lugar a dudas, uno de los mayores logros sociales e institucionales alcanzados por la República Dominicana en las últimas décadas y uno de los resultados más significativos obtenidos durante la gestión del presidente Luis Abinader. Reducir la subalimentación por debajo del estándar internacional significa mucho más que una cifra favorable, representa que miles de familias dominicanas hoy tienen mayor acceso a los alimentos, que existe una mayor disponibilidad de productos agrícolas y pecuarios, que la seguridad alimentaria se ha fortalecido y que las políticas públicas han comenzado a producir resultados concretos en beneficio de la población.
Cuando un organismo de la credibilidad y el prestigio de la FAO reconoce un avance de esta magnitud, sería irresponsable minimizarlo o tratar de convertirlo en una simple consigna política. Los hechos son los hechos, y los datos tienen un peso que trasciende cualquier simpatía o diferencia partidaria. Este resultado también refleja el proceso de transformación económica que vive la República Dominicana. El crecimiento sostenido de la economía, la expansión de la inversión pública y privada, el fortalecimiento institucional y el aumento de la capacidad del Estado para ejecutar políticas sociales, han contribuido a mejorar las condiciones de vida de millones de dominicanos.
A ello se suma el extraordinario desempeño del turismo, convertido en uno de los principales motores de generación de empleos y divisas; el incremento constante de las remesas enviadas por nuestros compatriotas residentes en el exterior; el fortalecimiento de la producción agropecuaria nacional; el crecimiento de las zonas francas y la manufactura; así como el dinamismo del sector construcción, que continúa impulsando inversiones y desarrollo en todo el territorio nacional.
Todos estos factores, combinados con programas sociales orientados a proteger a los sectores más vulnerables y con políticas dirigidas a garantizar la seguridad alimentaria, explican gran parte de este importante reconocimiento internacional. Es justo reconocer que el Gobierno del presidente Luis Abinader ha colocado la seguridad alimentaria como una prioridad nacional, fortaleciendo el apoyo a los productores agropecuarios, impulsando mecanismos para garantizar el abastecimiento interno, mejorando la logística de distribución de alimentos y coordinando esfuerzos entre distintas instituciones del Estado para reducir la vulnerabilidad alimentaria.
No por casualidad, el propio director general de la FAO destacó el compromiso político demostrado por el gobierno dominicano y señaló la experiencia del país como un referente del cual otras naciones pueden aprender. Ahora bien, reconocer un logro no significa ignorar los desafíos que aún persisten. La pobreza, las desigualdades territoriales, la necesidad de mejorar la calidad nutricional y las condiciones de vulnerabilidad que todavía afectan a miles de familias continúan siendo tareas pendientes que requieren atención permanente y políticas públicas cada vez más eficaces.
Sin embargo, también sería injusto desconocer que la dirección de los indicadores apunta hacia una mejoría sostenida y que la República Dominicana avanza por un camino que fortalece su capacidad para garantizar mejores condiciones de vida a su población.
Gobernar no consiste únicamente en inaugurar obras visibles. Gobernar también significa crear las condiciones para que la gente viva mejor, tenga acceso a los alimentos, encuentre oportunidades de empleo y pueda mirar el futuro con esperanza. Por eso, más allá de los debates políticos cotidianos, el reconocimiento otorgado por la FAO debe asumirse como un logro de la nación dominicana, pero también como un espaldarazo a las políticas implementadas durante la presente administración.
La verdadera grandeza de un gobierno se mide cuando los resultados trascienden los discursos y reciben el reconocimiento de organismos internacionales independientes. Hoy, la República Dominicana puede exhibir uno de esos resultados.
El reto ahora será aún mayor: conservar este importante logro, fortalecer la producción nacional, proteger a los sectores más vulnerables y garantizar que las futuras generaciones hereden un país donde el hambre deje de ser un problema estructural y la seguridad alimentaria se convierta definitivamente en una política de Estado. Porque cuando un pueblo produce, trabaja, genera riqueza y puede alimentar dignamente a su gente, no solo asciende la economía; también crece la esperanza, se fortalece la estabilidad social y se consolida el verdadero desarrollo de una nación.


